Tratado de Tlatelolco
| Después del holocausto de Hiroshima, es decir después del 6 de agosto de 1945, los líderes
y los pueblos del mundo confrontaron un nuevo código ético para la humanidad. En 1945 el mundo conoció,
de una manera cruel y con actitud horrorizada, el poder destructivo que la energía nuclear tiene cuando
es usada para dichos fines. La realidad de la época y el enfrentamiento de los bloques regionales hicieron
que esta energía fuera inicialmente usada con fines bélicos. A partir de entonces, el mundo tomo conocimiento de que el arma nuclear es diferente a cualquier otro tipo de arma. Afirmo esto porque una sola cabeza nuclear puede causar un enorme e indiscrimado daño en cualquier lugar que se utilice, aún años después de haberse producido la explosión atómica. Debido a este poder único de destrucción, esta arma no ha vuelto ha ser utilizada, gracias a Dios, desde Nagasaki tres días después de Hiroshima, el 9 de agosto de 1945. Al reafirmar que el mundo enfrentó entonces un nuevo código de ética, tenemos que subrayar que el daño producido por la utilización bélica de la energía nuclear, es de tal naturaleza que no tiene límites legales, ni fronteras políticas, ni razones morales. El fin de la Segunda Guerra Mundial terminó con un período sangriento de la historia de la humanidad pero, sin embargo, dio inicio a una nueva etapa de enfrentamiento ideológico entre bloques que duró más de cuatro décadas. La Guerra Fría fue el principal fenómeno político que dominó las relaciones internacionales durante todo ese tiempo. Puede ser definida como una competencia por el poder y la influencia internacional en la cual los Estados Unidos y la Unión Soviética se convirtieron en los principales actores oponentes, cada uno de ellos en alianzas con otros países o grupos de países. Día a día estos dos bloques fueron avanzando en la sublimación de la desconfianza del uno frente al otro. La Guerra Fría afectó seriamente el comportamiento y la estrategia de cada superpotencia vis a vis el arma nuclear, convirtiéndola en el personaje central de esa época. La Guerra Fría y el arma nuclear fueron los elementos que reforzaron a cada una de las grandes potencias en un proceso inter-relacionado de pánico y de enfrentamiento que probó ser muchas veces más fuerte que cualquiera de los esfuerzos que la comunidad internacional llevó a cabo en materia de control de armamentos y de detènte. En tanto la Guerra Fría y el arma nuclear nacieron juntas, el fin de la Guerra Fría, por lo tanto, ofrece ahora la mayor oportunidad a la Comunidad Internacional para que en un proceso acelerado de diálogo y negociación pueda terminar definitivamente con lo que ha sido la etapa más peligrosa, costosa y políticamente destructiva de todas las actividades nucleares conocidas desde el descubrimiento de la fisión; me refiero a la carrera armamentista nuclear entre las superpotencias. Tenemos sin embargo, la obligación de hacer una referencia muy concreta. Debemos estar plenamente conscientes de que sería peligrosamente equivocado suponer que el fin de la Guerra Fría signifique el fin del peligro nuclear. Por otro lado, sería un error aún más grave permitir que el temor nuclear que nos dominó por más de cuatro décadas, fuera reemplazado por una complacencia nuclear a la que actualmente estamos tendiendo. Este planteamiento se basa en que el peligro nuclear persiste de una manera tangible en el inmenso número de cabezas nucleares que poseen por lo menos 8 naciones (5 Estados nucleares y 3 en el umbral) y a la vez persiste subliminalmente en la ambición de otros Estados por convertirse en potencias nucleares. |
|